Entre trolls y vecinos
El periodista frente a la audiencia digital
Periodismo a Contraluz – Temporada 2: El periodismo en la
intemperie
Por José Rafael Moya Saavedra
Durante buena parte del siglo XX, la relación entre
periodistas y audiencia estaba mediada por una cierta distancia. Los lectores
recibían el periódico por la mañana, los radioescuchas seguían los noticieros
desde sus casas, los televidentes observaban las noticias en horarios
definidos. La comunicación era, en gran medida, unidireccional: el periodista
informaba, el público escuchaba.
Si alguien quería responder a una noticia, tenía que
escribir una carta al director o llamar a la estación de radio. La reacción
podía tardar días en aparecer y, en muchos casos, nunca llegaba a publicarse.
El ecosistema digital transformó radicalmente esa relación. Hoy, cada nota
publicada en internet puede generar una conversación casi inmediata. Lectores
que comentan, cuestionan o aportan información adicional; usuarios que
comparten la noticia con su propia interpretación; comunidades que discuten públicamente
el trabajo periodístico.
La distancia entre periodista y audiencia se ha reducido de
manera drástica. Las redes sociales convirtieron a los lectores en
interlocutores permanentes. Esa transformación tiene efectos positivos
importantes. La audiencia puede detectar errores rápidamente, los ciudadanos
pueden aportar datos que enriquecen una investigación, las comunidades locales
pueden señalar problemas que no habían sido visibles para la redacción. En
muchos casos, la conversación digital permite ampliar el alcance del periodismo.
Imaginemos a una reportera local que publica una nota sobre
inseguridad en su colonia. En cuestión de minutos recibe mensajes de vecinos
que confirman hechos, corrigen detalles o envían fotografías de otros
incidentes recientes. Entre esos comentarios también aparecen insultos,
acusaciones de "exagerar" la situación, cuentas anónimas que la
señalan como "enemiga" de cierta autoridad. La misma nota que abre
un diálogo comunitario puede activar también un frente de hostilidad digital.
Porque el nuevo ecosistema también introdujo una dimensión
más conflictiva. No todas las voces que participan en la conversación digital
buscan dialogar. Las redes sociales se han convertido en espacios donde
aparecen insultos, campañas de hostigamiento, desinformación organizada y
ataques coordinados contra periodistas. En ese entorno surge una figura cada
vez más visible: el troll digital.
El troll no busca debatir ni aportar información: busca
provocar, desestabilizar la conversación o desgastar emocionalmente a quien
informa. A veces actúa de forma individual. En otras ocasiones forma parte de
campañas organizadas que intentan desacreditar periodistas o medios de
comunicación. Para muchos reporteros, publicar una nota ya no significa
únicamente enfrentar el debate público sobre los hechos; también implica
prepararse para una ola de reacciones que pueden incluir descalificaciones
personales, amenazas o ataques coordinados en redes. Esa presión digital puede
convertirse en una nueva forma de desgaste profesional.
Sin embargo, reducir la audiencia digital únicamente al
fenómeno del troll sería un error. Entre las voces más estridentes también
aparecen otras muy distintas: vecinos que comentan lo que ocurre en su colonia,
lectores que corrigen un dato menor en una nota, ciudadanos que envían
fotografías, testimonios o pistas que pueden convertirse en nuevas historias.
La audiencia digital no es un bloque homogéneo. Es un espacio donde conviven la
conversación pública, el conflicto político, la crítica legítima, la desinformación
y, en ocasiones, la colaboración ciudadana.
Para el periodista contemporáneo, ese escenario plantea un
desafío complejo. Ya no basta con investigar y publicar una historia. También
es necesario aprender a navegar el debate que surge después de la publicación:
saber distinguir entre crítica legítima y ataque organizado, entre un lector
inconforme y una campaña de hostigamiento, entre el ruido digital y la
información valiosa que puede surgir en medio de la conversación.
El periodista ya no trabaja únicamente frente a una
audiencia distante. Trabaja dentro de una conversación permanente. A veces esa
conversación es enriquecedora; otras veces puede volverse agresiva o caótica.
Pero ignorarla tampoco es una opción, porque en ese espacio —entre trolls y
vecinos— se está construyendo una parte importante del debate público
contemporáneo. Y el periodismo, como siempre, sigue estando en medio de esa
conversación.
Una conversación que ya no se puede apagar.
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