viernes, 3 de abril de 2026

 

¿Quién vigila a quienes cuentan?

El poder y la responsabilidad del periodismo

Periodismo a Contraluz

Por José Rafael Moya Saavedra

Desde sus orígenes modernos, el periodismo ha sido presentado como un vigilante del poder. La imagen es conocida: periodistas que investigan abusos, que exponen corrupción, que hacen preguntas incómodas a los gobiernos, a las empresas y a las instituciones. En muchas democracias, la prensa ha sido descrita incluso como un "cuarto poder", una instancia capaz de fiscalizar a quienes toman decisiones públicas.​

Esa función es indispensable. En sociedades complejas, donde el poder se distribuye entre múltiples actores políticos, económicos y sociales, la información independiente se convierte en una condición básica para la vida democrática. Sin periodistas que investiguen, documenten y expliquen lo que ocurre, gran parte de las decisiones públicas quedarían fuera del escrutinio ciudadano.​

Pero esa misma función plantea una pregunta inevitable. Si el periodismo vigila al poder, ¿quién vigila al periodismo?​

Durante mucho tiempo, la respuesta parecía relativamente clara. La ética profesional, los códigos deontológicos y la reputación de los medios funcionaban como mecanismos de control interno. Las redacciones establecían normas sobre verificación, contraste de fuentes y responsabilidad editorial. Además, el propio ecosistema mediático generaba formas de vigilancia mutua: los medios competían entre sí, revisaban las investigaciones de otros y, en ocasiones, señalaban errores o abusos cometidos por colegas.​

Sin embargo, el entorno informativo contemporáneo ha transformado ese equilibrio. Hoy la información circula a una velocidad vertiginosa; las redes sociales multiplican las audiencias y reducen los tiempos de verificación. Los medios compiten no solo entre sí, sino también con plataformas digitales, creadores de contenido y flujos permanentes de información que no siempre siguen criterios periodísticos.​

En ese contexto, la vigilancia sobre el periodismo adopta nuevas formas. Las audiencias comentan, cuestionan y corrigen información en tiempo real. Organizaciones civiles analizan coberturas mediáticas y denuncian sesgos o desinformación. Investigadores académicos estudian los procesos de producción de noticias y evalúan la calidad informativa. Incluso las propias plataformas tecnológicas comienzan a intervenir en la circulación de contenidos mediante algoritmos que priorizan o limitan la visibilidad de ciertas historias.​

El periodismo ya no opera en un espacio cerrado: está expuesto a una vigilancia permanente por parte de audiencias, instituciones, plataformas digitales y comunidades profesionales. Ese escrutinio puede resultar incómodo, pero también es parte de la lógica de una sociedad abierta. Así como los periodistas cuestionan a quienes ejercen poder, el propio periodismo debe estar dispuesto a someterse al debate público, reconocer errores y revisar sus prácticas.​

La credibilidad de los medios no se sostiene únicamente en la autoridad de sus marcas o en la tradición de sus redacciones. Se construye cada día mediante la transparencia, la corrección de errores y la disposición a rendir cuentas. En ese sentido, la pregunta "¿quién vigila a quienes cuentan?" no debería entenderse como una amenaza para el periodismo: debería entenderse como una condición de su legitimidad.​

Porque en última instancia, la vigilancia sobre el periodismo no proviene de un único actor. Proviene de la sociedad. Y cuando esa vigilancia funciona, ocurre algo fundamental: el periodismo sigue siendo capaz de cumplir su función más importante. Contar la realidad, incluso cuando esa realidad incomoda a quienes preferirían no verla

 

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