miércoles, 1 de abril de 2026

 

La profecía como narrativa en tiempos de crisis

Cuando la incertidumbre busca sentido en lo absoluto*

Periodismo a Contraluz

Por José Rafael Moya Saavedra

El momento en que todo parece encajar

La escena se repite con una precisión inquietante.

Un conflicto estalla en Medio Oriente. Las imágenes llegan en tiempo real: misiles que cruzan la noche, sistemas de defensa interceptando amenazas, mapas que los analistas dibujan sobre pantallas digitales. Las palabras se vuelven familiares: escalada, coalición, respuesta, disuasión.

Y entonces ocurre algo más.

En paralelo a los reportes militares y diplomáticos, comienza a circular otra lectura. Videos, artículos, mensajes que no hablan solo de estrategia o geopolítica, sino de algo más profundo —o al menos, más antiguo—: la idea de que lo que estamos viendo no es solo un conflicto, sino el cumplimiento de una profecía.

Los nombres aparecen como piezas que encajan: Persia, Gog, Magog.

Y por un momento, todo parece tener sentido.

Cuando la noticia deja de ser noticia

El periodismo, en su forma clásica, intenta responder preguntas concretas: qué pasó, quién lo hizo, cuándo, dónde, por qué.

Pero en contextos de alta incertidumbre, esas preguntas resultan insuficientes.

Porque hay algo que la noticia no puede ofrecer: certeza existencial.

Ahí es donde entra la narrativa profética.

No como religión necesariamente, sino como estructura de sentido.

La profecía ofrece algo que el análisis no puede garantizar:

  • un orden detrás del caos
  • una dirección en medio de la incertidumbre
  • una explicación total frente a hechos fragmentados

Y eso la convierte en una herramienta poderosa, especialmente en momentos de crisis.

La tentación de conectar puntos

El mecanismo es conocido, aunque pocas veces se reconoce abiertamente.

Se toma un texto antiguo —como el del Libro de Ezequiel—
Se identifican nombres —Persia, pueblos del norte—
Se trazan equivalencias con países actuales
Y se superpone el mapa bíblico sobre el mapa geopolítico

El resultado no es una interpretación: es una narrativa.

Una narrativa que tiene fuerza porque:

  • simplifica lo complejo
  • conecta pasado y presente
  • transforma hechos aislados en una historia coherente

Pero esa coherencia tiene un costo.

Porque en el proceso se diluyen las diferencias entre:

  • símbolo y dato
  • contexto histórico y coyuntura actual
  • interpretación y evidencia

En las últimas semanas, por ejemplo, han circulado videos y sermones que hacen exactamente ese ejercicio: toman un ataque militar entre Israel e Irán, detallan la participación de portaaviones estadounidenses, describen la reacción en cadena de Rusia, Turquía y algunos países del norte de África... y luego colocan todo ese mapa sobre Ezequiel 38 y Jeremías 49. Cada actor actual encuentra su equivalente antiguo, cada movimiento encaja en una "coalición profética", incluso la ausencia de Estados Unidos en el texto bíblico se interpreta como una pista sobre su declive. El resultado no es solo una interpretación de la coyuntura, sino la sensación de estar asistiendo en vivo al cumplimiento de un guion escrito hace 2600 años.

El riesgo de leer el presente como destino

Cuando la profecía se usa como lente para interpretar la actualidad, ocurre algo delicado.

El futuro deja de ser incierto y se vuelve inevitable.

Si el conflicto ya estaba escrito, entonces:

  • Las decisiones políticas pierden peso
  • los actores se convierten en personajes
  • la complejidad se reduce a un guion

Y eso tiene implicaciones profundas.

Porque transforma la manera en que entendemos:

  • la responsabilidad
  • la acción humana
  • incluso la posibilidad de evitar la tragedia

Entre la fe y la narrativa

Nada de esto implica negar el valor religioso de los textos.

La fe, cuando es vivida con profundidad, no simplifica la realidad: la ilumina.

El problema no es la profecía.

El problema es su uso como explicación inmediata de la coyuntura, especialmente cuando se mezcla con:

  • Discursos Políticos
  • intereses geoestratégicos
  • dinámicas mediáticas que privilegian el impacto sobre la precisión

Ahí, la profecía deja de ser una experiencia espiritual y se convierte en una narrativa de consumo.

El periodismo frente a lo absoluto

En tiempos de crisis, el periodismo queda atrapado entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, la obligación de narrar lo que ocurre con el mayor rigor posible; por otro, la presión —explícita o silenciosa— de ofrecer un sentido último a hechos que desbordan cualquier explicación sencilla. En medio de esa tensión, la narrativa profética aparece como una tentación poderosa: promete lo que ningún cierre de edición puede garantizar, una lectura total de la historia.

Cuando un sermón, un canal de YouTube o una columna convierten una operación militar en "cumplimiento detallado" de un texto bíblico, el periodismo se enfrenta a una decisión incómoda. Puede sumarse a esa lectura, amplificando la sensación de que todo encaja, o puede tomar distancia y hacer lo que menos aplausos genera: recordar lo que no sabemos, subrayar lo que sigue siendo incierto, distinguir entre hechos, interpretaciones y creencias. Esa no es una renuncia a la dimensión espiritual de la realidad, es una defensa del oficio.

El problema no es que existan miradas de fe sobre la historia. El problema empieza cuando el periodismo deja de marcar la frontera entre información verificable y relatos que se presentan como absolutos. Cuando esa frontera se borra, el medio deja de ser mediador crítico y se convierte en caja de resonancia de certezas no contrastadas. En lugar de acompañar a la sociedad en la incertidumbre, se le ofrece un guion cerrado. Y ahí, más que informar, el periodismo empieza a predicar.

Mirar sin necesidad de encajar todo

Tal vez el mayor desafío en momentos como este sea aceptar algo incómodo:

No todo tiene que encajar de inmediato.

La historia no siempre se presenta como un relato cerrado.
La realidad no siempre confirma nuestras expectativas.

Y la incertidumbre, por más difícil que sea, también forma parte del presente.

Leer los acontecimientos con profundidad no implica encontrar respuestas absolutas, sino sostener preguntas incómodas sin apresurarse a resolverlas.

Epílogo: la necesidad de sentido

En el fondo, la atracción por la profecía en tiempos de crisis no es un error intelectual.

Es una reacción humana.

Cuando el mundo se vuelve incierto, buscamos sentido.
Cuando la realidad se fragmenta, buscamos una historia que la ordene.

La pregunta no es por qué ocurre esto.

La pregunta es qué hacemos con esa necesidad.

Si la usamos para entender mejor... o para cerrar demasiado pronto lo que aún está abierto.

 

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