La profecía como narrativa en tiempos de crisis
Cuando la incertidumbre busca sentido en lo absoluto*
Periodismo a Contraluz
Por José Rafael Moya Saavedra
El momento en que todo parece encajar
La escena se repite con una precisión inquietante.
Un conflicto estalla en Medio Oriente. Las imágenes llegan
en tiempo real: misiles que cruzan la noche, sistemas de defensa interceptando
amenazas, mapas que los analistas dibujan sobre pantallas digitales. Las
palabras se vuelven familiares: escalada, coalición, respuesta, disuasión.
Y entonces ocurre algo más.
En paralelo a los reportes militares y diplomáticos,
comienza a circular otra lectura. Videos, artículos, mensajes que no hablan
solo de estrategia o geopolítica, sino de algo más profundo —o al menos, más
antiguo—: la idea de que lo que estamos viendo no es solo un conflicto, sino el
cumplimiento de una profecía.
Los nombres aparecen como piezas que encajan: Persia, Gog,
Magog.
Y por un momento, todo parece tener sentido.
Cuando la noticia deja de ser noticia
El periodismo, en su forma clásica, intenta responder
preguntas concretas: qué pasó, quién lo hizo, cuándo, dónde, por qué.
Pero en contextos de alta incertidumbre, esas preguntas
resultan insuficientes.
Porque hay algo que la noticia no puede ofrecer: certeza existencial.
Ahí es donde entra la narrativa profética.
No como religión necesariamente, sino como estructura de
sentido.
La profecía ofrece algo que el análisis no puede garantizar:
- un
orden detrás del caos
- una
dirección en medio de la incertidumbre
- una
explicación total frente a hechos fragmentados
Y eso la convierte en una herramienta poderosa,
especialmente en momentos de crisis.
La tentación de conectar puntos
El mecanismo es conocido, aunque pocas veces se reconoce
abiertamente.
Se toma un texto antiguo —como el del Libro de Ezequiel—
Se identifican nombres —Persia, pueblos del norte—
Se trazan equivalencias con países actuales
Y se superpone el mapa bíblico sobre el mapa geopolítico
El resultado no es una interpretación: es una narrativa.
Una narrativa que tiene fuerza porque:
- simplifica
lo complejo
- conecta
pasado y presente
- transforma
hechos aislados en una historia coherente
Pero esa coherencia tiene un costo.
Porque en el proceso se diluyen las diferencias entre:
- símbolo
y dato
- contexto
histórico y coyuntura actual
- interpretación
y evidencia
En las últimas semanas, por ejemplo, han circulado videos y
sermones que hacen exactamente ese ejercicio: toman un ataque militar entre
Israel e Irán, detallan la participación de portaaviones estadounidenses,
describen la reacción en cadena de Rusia, Turquía y algunos países del norte de
África... y luego colocan todo ese mapa sobre Ezequiel 38 y Jeremías 49. Cada
actor actual encuentra su equivalente antiguo, cada movimiento encaja en una
"coalición profética", incluso la ausencia de Estados Unidos en el texto
bíblico se interpreta como una pista sobre su declive. El resultado no es solo
una interpretación de la coyuntura, sino la sensación de estar asistiendo en
vivo al cumplimiento de un guion escrito hace 2600 años.
El riesgo de leer el presente como destino
Cuando la profecía se usa como lente para interpretar la
actualidad, ocurre algo delicado.
El futuro deja de ser incierto y se vuelve inevitable.
Si el conflicto ya estaba escrito, entonces:
- Las
decisiones políticas pierden peso
- los
actores se convierten en personajes
- la
complejidad se reduce a un guion
Y eso tiene implicaciones profundas.
Porque transforma la manera en que entendemos:
- la
responsabilidad
- la
acción humana
- incluso
la posibilidad de evitar la tragedia
Entre la fe y la narrativa
Nada de esto implica negar el valor religioso de los textos.
La fe, cuando es vivida con profundidad, no simplifica la
realidad: la ilumina.
El problema no es la profecía.
El problema es su uso como explicación inmediata
de la coyuntura, especialmente cuando se mezcla con:
- Discursos
Políticos
- intereses
geoestratégicos
- dinámicas
mediáticas que privilegian el impacto sobre la precisión
Ahí, la profecía deja de ser una experiencia espiritual y se
convierte en una narrativa de consumo.
El periodismo frente a lo absoluto
En tiempos de crisis, el periodismo queda atrapado entre dos
fuerzas opuestas. Por un lado, la obligación de narrar lo que ocurre con el
mayor rigor posible; por otro, la presión —explícita o silenciosa— de ofrecer
un sentido último a hechos que desbordan cualquier explicación sencilla. En
medio de esa tensión, la narrativa profética aparece como una tentación
poderosa: promete lo que ningún cierre de edición puede garantizar, una lectura
total de la historia.
Cuando un sermón, un canal de YouTube o una columna
convierten una operación militar en "cumplimiento detallado" de un
texto bíblico, el periodismo se enfrenta a una decisión incómoda. Puede sumarse
a esa lectura, amplificando la sensación de que todo encaja, o puede tomar
distancia y hacer lo que menos aplausos genera: recordar lo que no sabemos,
subrayar lo que sigue siendo incierto, distinguir entre hechos,
interpretaciones y creencias. Esa no es una renuncia a la dimensión espiritual
de la realidad, es una defensa del oficio.
El problema no es que existan miradas de fe sobre la
historia. El problema empieza cuando el periodismo deja de marcar la frontera
entre información verificable y relatos que se presentan como absolutos. Cuando
esa frontera se borra, el medio deja de ser mediador crítico y se convierte en
caja de resonancia de certezas no contrastadas. En lugar de acompañar a la
sociedad en la incertidumbre, se le ofrece un guion cerrado. Y ahí, más que
informar, el periodismo empieza a predicar.
Mirar sin necesidad de encajar todo
Tal vez el mayor desafío en momentos como este sea aceptar
algo incómodo:
No todo tiene que encajar de inmediato.
La historia no siempre se presenta como un relato cerrado.
La realidad no siempre confirma nuestras expectativas.
Y la incertidumbre, por más difícil que sea, también forma
parte del presente.
Leer los acontecimientos con profundidad no implica
encontrar respuestas absolutas, sino sostener preguntas incómodas sin
apresurarse a resolverlas.
Epílogo: la necesidad de sentido
En el fondo, la atracción por la profecía en tiempos de
crisis no es un error intelectual.
Es una reacción humana.
Cuando el mundo se vuelve incierto, buscamos sentido.
Cuando la realidad se fragmenta, buscamos una historia que la ordene.
La pregunta no es por qué ocurre esto.
La pregunta es qué hacemos con esa necesidad.
Si la usamos para entender mejor... o para cerrar demasiado
pronto lo que aún está abierto.
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