Cuando la profecía se vuelve noticia de última hora
Cómo las guerras se convierten en sermones en tiempo
real*
Periodismo a Contraluz
Por José Rafael Moya Saavedra
Segunda entrega de una serie sobre profecía, crisis y
periodismo.
Hace unas semanas, un video con el título " ISRAEL vs IRÁN: ¿Estamos viendo la PROFECÍA de Ezequiel 38 cumplirse? (Estudio
Bíblico)" comenzó a circular ampliamente en redes. No es un caso aislado,
pero sirve como ejemplo claro de un patrón que se repite en distintos canales y
plataformas.
1. El video que lo explica todo
El video dura poco más de veinte minutos.
Empieza como tantos otros: mapas del Medio Oriente,
trayectorias de misiles, nombres de operaciones militares, declaraciones
oficiales. La voz que narra es firme, pausada, con ese tono que intenta
transmitir control en medio del caos. Todo parece un análisis serio, incluso
técnico.
Habla de Irán, de Israel, de Estados Unidos. De bases
militares, de tiempos de impacto, de decisiones estratégicas. Durante varios
minutos, el espectador siente que está entendiendo mejor lo que ocurre.
Pero hacia la mitad, algo cambia.
La pantalla deja de mostrar únicamente mapas modernos.
Aparece un texto antiguo. Un pergamino. Nombres que no pertenecen al lenguaje
de los noticieros: Gog, Magog, Persia.
La voz baja ligeramente el ritmo. Se vuelve más enfática.
Y entonces llega la promesa:
— "Lo que estás viendo hoy... fue escrito hace
más de dos mil seiscientos años."
A partir de ese momento, el vídeo ya no solo describe un
conflicto. Lo interpreta. Cada país encuentra su equivalente en el texto
bíblico. Cada movimiento militar parece encajar en una estructura ya conocida.
La guerra deja de ser contingente y se vuelve parte de un relato mayor.
Por unos minutos, el caos global parece tener pies de página
bíblicos.
2. Anatomía de un "cumplimiento profético"
mediático
Lo que ocurre en ese video no es improvisado. Responde a una
lógica precisa.
Primero, se seleccionan los hechos que encajan. Las alianzas
visibles, los actores reconocibles, los movimientos que pueden alinearse con el
relato. Todo aquello que no encaja —contradicciones, matices, datos incómodos—
queda fuera del encuadre.
Después, se establecen equivalencias directas. Sin matices,
sin reservas: Persia es Irán, Magog es Rusia, Mesec y Tubal son Turquía. No
como hipótesis, sino como certezas.
Finalmente, se introduce un lenguaje que clausura la duda.
"No es simbólico", "no hay debate", "esto es
exactamente lo que dijo el profeta".
El resultado no es solo una interpretación de la Biblia. Es
una reorganización del presente.
No se trata solo de explicar el texto antiguo, sino de
ordenar la realidad para que no tenga derecho a contradecirlo.
3. Lo que desaparece cuando todo encaja demasiado
Cuando una guerra se convierte en cumplimiento profético,
algo se pierde.
Se diluye la responsabilidad política. Si los hechos ya
estaban escritos, las decisiones de los gobiernos parecen inevitables, casi
decorativas.
Se desdibujan las víctimas concretas. Las sirenas, los
refugios, los cuerpos, dejan de ser el centro. El foco se desplaza al tablero
profético. El sufrimiento se vuelve argumento, no realidad.
Y desaparece la incertidumbre como espacio legítimo. Todo se
interpreta como confirmación. Nada queda abierto.
Cuando la profecía se usa para explicar las noticias, el
riesgo es que dejemos de mirar la guerra y miremos solo el mapa.
4. Entre consuelo y propaganda
Sería injusto ignorar por qué este tipo de lecturas conecta.
Para muchas personas, ofrecen consuelo. En medio del
desorden, aparece una idea tranquilizadora: el mundo no está fuera de control.
Hay un sentido. Hay una dirección.
El problema no empieza ahí.
Empieza cuando ese sentido deja de acompañar y comienza a
justificar.
Cuando la narrativa pasa de "Dios sigue presente en
medio del dolor" a "esto tenía que pasar".
Cuando la fe deja de iluminar la realidad y empieza a
simplificarla.
El mismo texto que puede consolar al que sufre puede
convertirse en munición retórica para justificar cualquier cosa.
5. Criterios mínimos para no tragarnos el guion
Frente a este tipo de narrativas, el problema no es creer.
El problema es dejar de pensar.
Quizá convenga hacerse algunas preguntas simples:
— ¿Qué datos quedan fuera para que todo encaje tan bien?
— ¿Quién gana influencia si esta lectura se impone?
— ¿Dónde queda la responsabilidad humana?
— ¿Esta interpretación cuida a las personas o solo alimenta la
espectacularidad?
No se trata de dejar de creer.
Se trata de no renunciar al juicio crítico cada vez que
alguien nos ofrece, en un mismo paquete, una guerra, un versículo y una certeza
absoluta.
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