PERIODISMO A CONTRALUZ
La ética interior del periodista en la era del
linchamiento digital
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Durante décadas, la ética periodística se pensó como un
asunto de manuales, códigos y reglamentos. Bastaba con colgar en la redacción
un decálogo que hablara de veracidad, precisión, equilibrio, respeto a la vida
privada y cláusula de conciencia para suponer que el problema estaba resuelto.
El periodista "ético" era aquel que conocía esas normas y procuraba
no violarlas.
Sin embargo, la experiencia cotidiana del oficio demuestra
que esa visión es insuficiente. La mayor parte de las decisiones verdaderamente
delicadas no se toman con el código en la mano, sino frente a una pantalla en
blanco, un audio por editar o un vídeo a punto de hacerse viral. Ahí, en ese
instante mínimo en que el texto aún puede escribirse de muchas maneras, aparece
lo que podríamos llamar la ética interior del periodista: una zona íntima,
silenciosa, donde nadie más mira, y en la que solo caben dos personajes, el
profesional y su conciencia.
Esa ética interior se activa cada vez que el periodista se
pregunta si está siendo justo con los hechos y con las personas que aparecen en
ellos. No se trata únicamente de verificar datos, contrastar fuentes o evitar
conflictos de interés, aunque todo eso es imprescindible. Se trata de algo más
esquivo: la disposición a mirar el contexto, los matices, los silencios, y a
reconocer que ninguna historia es neutra. Porque el periodista no solo decide
qué contar; también decide cómo contar. Y en ese "cómo" reside gran
parte de su poder y de su responsabilidad.
Un mismo hecho puede narrarse con respeto o con morbo. Puede
explicarse de forma que ayude a comprender lo ocurrido, o en clave de
espectáculo que convierta a alguien en villano del día. Puede iluminar una
realidad compleja o distorsionarla para que encaje en una narrativa previa: la
del medio, la del grupo político afín o la del propio ego profesional. La ética
interior es, justamente, la capacidad de detectar cuándo la historia empieza a
doblarse para servir a esos intereses y no al derecho de la sociedad a estar
informada.
En la era de las plataformas digitales, esta dimensión
íntima de la ética se vuelve aún más crítica. Hoy un titular, un clip recortado
o un hilo de pocas líneas pueden detonar linchamientos masivos. No hablamos
solo de "críticas duras", sino de procesos de condena pública en los
que una persona es exhibida, descontextualizada y reducida a etiqueta:
corrupto, abusador, mentiroso, traidor. El juicio se dicta en cuestión de horas
y se multiplica en miles de comentarios, memes y amenazas. Después, cuando los
datos completos aparecen o las versiones se corrigen, el daño suele ser
irreversible.
Lo inquietante es que, muchas veces, el origen de esa
hoguera es una pieza periodística apresurada, incompleta o escrita con
adjetivos que invitan a la furia antes que a la comprensión. No siempre hay
mala fe; a veces basta la presión por la primicia, la necesidad de clics o la
comodidad de repetir el guion dominante. Pero el resultado es el mismo: el
periodismo deja de ser un ejercicio de esclarecimiento y se convierte en una
fuerza que alimenta la lógica del linchamiento digital.
Ahí es donde la ética interior marca la diferencia. Es ese
segundo de duda en el que el periodista se pregunta: "¿Estoy contando lo
que ocurrió... o lo que me conviene que haya ocurrido?"; " ¿Estoy
aportando información que ayuda a entender un abuso del poder, o solo echando
combustible a una indignación que no he verificado?"; " ¿Estoy
cuidando a las víctimas, a los menores, a quienes no tienen los mismos recursos
para defenderse en el espacio público?". Esas preguntas no suelen aparecer
en los códigos de ética, pero en la práctica definen el carácter del oficio.
Pensar el "periodismo a contraluz" implica asumir
justamente esta perspectiva. Mirar a contraluz es colocar la historia frente a
la luz para ver lo que no aparece a simple vista: intereses en juego, sesgos
propios, zonas de duda, posibles daños colaterales. Es aceptar que la verdad
periodística no se reduce a acumular datos, sino a narrarlos de una manera que
no destruya inútilmente la vida de las personas, que no borre su dignidad y que
no convierta la complejidad en caricatura.
En tiempos de desinformación y polarización, la ética
interior no es un lujo moralista, sino una herramienta de supervivencia
democrática. Sin periodistas dispuestos a detenerse un momento antes de
publicar, a revisar la forma en que nombran, encuadran y jerarquizan, las
sociedades quedan entregadas a la lógica del escándalo permanente. La política
se reduce a guerra de etiquetas, la conversación pública se empobrece y la
ciudadanía pierde la capacidad de distinguir entre fiscalización legítima y
linchamiento.
Tal vez, entonces, la gran tarea ética del periodismo actual
no consista solo en actualizar códigos o redactar nuevos manuales para la era
digital. Tal vez el desafío principal sea cultivar esa voz interior que, en
medio del ruido y la urgencia, obliga al periodista a mirar dos veces antes de
publicar. A incomodar al poder sin degradar a las personas. A usar la velocidad
de las redes sin renunciar a la pausa de la conciencia. Y a recordar, cada día,
que el verdadero prestigio del oficio no se mide en tendencias, sino en la
capacidad de sumar luz allí donde otros solo esperan fuego.
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