El periodista como mediador de la realidad
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En un entorno saturado de ruido, el oficio ya no consiste
en repetir declaraciones, sino en interpretar con rigor los
hechos que afectan la vida en común.
El oficio de interpretar los hechos
Durante mucho tiempo se enseñó que el periodista debía
limitarse a narrar los hechos tal como ocurrían. La idea parecía sencilla:
observar, registrar y transmitir. Como si la realidad pudiera trasladarse
intacta desde el lugar de los acontecimientos hasta la página de un periódico o
la pantalla de un teléfono.
Pero la experiencia demuestra que esa neutralidad absoluta
es imposible.
Entre el hecho y el público siempre hay un proceso de
mediación.
El periodista decide qué hechos son relevantes, qué
contexto es necesario para comprenderlos, qué voces deben ser
escuchadas y qué preguntas deben formularse. Cada una de
esas decisiones forma parte del trabajo profesional y determina la manera en
que la sociedad comprenderá lo ocurrido.
Informar no es copiar la realidad.
Es interpretarla con rigor.
Esto no significa que el periodista tenga derecho a
distorsionar los hechos o imponer su opinión sobre ellos. Significa, más bien,
que su responsabilidad consiste en ordenar el caos de la realidad para
hacerlo comprensible, sin traicionar la evidencia ni los datos
verificables.
La realidad rara vez llega en forma de relato claro.
Llega fragmentada.
Un funcionario da una declaración.
Una fuente filtra un documento.
Un testigo ofrece una versión parcial.
Las redes sociales amplifican rumores antes de que exista confirmación.
En medio de ese ruido informativo, el periodista cumple una
función esencial: dar sentido a los hechos.
Pensemos en una inundación en la periferia de una ciudad.
Las primeras imágenes que circulan en redes muestran autos flotando y personas
sobre los techos; un funcionario asegura que "todo está bajo
control", mientras un vecino afirma que nunca habían visto algo así. El
periodista llega cuando el agua empieza a bajar: recorre las calles, contrasta
la versión oficial con los testimonios, revisa antecedentes de obras
hidráulicas prometidas y no realizadas, consulta a especialistas en gestión de
riesgo. Al día siguiente, su nota no se limita a repetir la frase del
funcionario ni el dramatismo de los videos virales: muestra un patrón de
abandono, decisiones políticas aplazadas y una población que llevaba años
advirtiendo del problema. Esa es la diferencia entre reproducir el ruido
y construir sentido a partir de los hechos.
Para hacerlo necesita tres herramientas fundamentales.
La primera es El Contexto.
Un hecho aislado puede parecer irrelevante o exagerado. Solo cuando se conecta
con procesos históricos, decisiones políticas o tendencias sociales adquiere
verdadero significado.
La segunda es la verificación.
La velocidad con la que circula la información en la era digital ha creado una
presión constante por publicar primero. Sin embargo, el valor del periodismo no
está en la rapidez sino en la credibilidad.
La tercera es la capacidad de preguntar.
Las preguntas correctas suelen ser más importantes que las respuestas
inmediatas. Son las preguntas las que permiten descubrir lo que alguien intenta
ocultar o lo que nadie había considerado relevante.
En este sentido, el periodista se parece más a un cartógrafo
de la realidad que a un simple mensajero.
Su tarea consiste en trazar un mapa que permita a la
sociedad orientarse en medio de acontecimientos complejos.
Sin embargo, en la actualidad esa función enfrenta nuevos
desafíos.
Los gobiernos han aprendido a administrar la información
como parte de su estrategia política.
Las corporaciones utilizan sofisticadas campañas de comunicación para moldear
la percepción pública.
Las redes sociales multiplican interpretaciones emocionales que muchas veces se
imponen sobre los hechos.
Pensemos, por ejemplo, en la licitación de una planta
potabilizadora en una región con crisis de agua. El gobierno la presenta como
solución definitiva al desabasto y los spots oficiales repiten la cifra de
inversión y los litros adicionales que "garantizará" al año. Al mismo
tiempo, organizaciones vecinales denuncian que nunca fueron consultadas y dos
empresas desplazadas hablan, en voz baja, de un concurso hecho a la medida de
un solo consorcio. El periodista no se limita a reproducir el boletín: revisa las
bases de licitación, contrasta plazos y requisitos, consulta a especialistas en
obra hidráulica, rastrea vínculos entre directivos de la empresa ganadora y
funcionarios encargados del proyecto. Su nota final no se reduce al anuncio
triunfal, sino que muestra posibles conflictos de interés, riesgos técnicos de
la obra y consecuencias para el presupuesto público y las comunidades
afectadas. Una vez más, la diferencia está entre amplificar un discurso
conveniente y construir sentido a partir de los hechos.
En ese entorno, el periodista corre el riesgo de convertirse
en repetidor de narrativas ajenas, si renuncia a contrastar y
contextualizar lo que recibe.
Cuando eso ocurre, el periodismo deja de mediar la realidad
y comienza a reproducir versiones interesadas de ella.
Por eso el oficio exige una actitud permanente de sospecha
profesional.
No basta con escuchar lo que alguien dice.
Es necesario preguntarse por qué lo dice, qué intereses
representa y qué parte de la historia aún no se ha contado.
El periodista no es dueño de la verdad.
Pero sí tiene una responsabilidad irrenunciable: acercar
a la sociedad lo más posible a ella.
En una época saturada de información, esa mediación honesta
se vuelve más valiosa que nunca.
Porque cuando el periodismo cumple su función con rigor, no
solo informa.
También ayuda a la sociedad a orientarse en el mundo que
habita.
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