La ética en tiempos de polarización
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Cuando cada dato se lee como una toma de partido, el periodismo solo puede sobrevivir si sostiene una disciplina de honestidad intelectual frente al poder y frente a sus propias trincheras
¿Puede sobrevivir el periodismo en sociedades divididas?
En muchas democracias contemporáneas el debate público ya no
se organiza alrededor de desacuerdos razonables, sino de identidades
enfrentadas.
La política se ha convertido en un terreno de confrontación permanente donde
los matices parecen desaparecer y las posiciones se endurecen.
En ese clima, el periodismo enfrenta una presión creciente.
Cada noticia es leída como una toma de partido.
Cada pregunta incómoda puede ser interpretada como un ataque.
Cada silencio, como complicidad.
El periodista se mueve entonces en un terreno minado: si
cuestiona al poder, será acusado de militancia; si reproduce una declaración
oficial, será señalado de propaganda.
La polarización transforma la información en munición
política.
En lugar de buscar comprender los hechos, muchos actores
buscan utilizarlos para confirmar sus propias certezas. Las audiencias tienden
a consumir únicamente aquellos medios que refuerzan su visión del mundo,
mientras que todo lo que contradice esa visión es descartado como manipulación.
En este contexto, la ética periodística deja de ser una
abstracción académica y se convierte en una brújula indispensable.
El periodismo no puede aspirar a una neutralidad absoluta,
pero sí debe aspirar a la honestidad intelectual.
Eso implica reconocer la complejidad de los hechos, evitar
simplificaciones interesadas y resistir la tentación de convertir cada historia
en una pieza más del conflicto político.
La ética del periodista comienza por algo elemental: la
fidelidad a los hechos.
Pero en tiempos de polarización eso no basta.
También es necesario preservar el sentido de proporción.
No todos los errores son equivalentes.
No todas las versiones tienen el mismo peso.
No todas las acusaciones merecen la misma legitimidad.
El periodista tiene la responsabilidad de distinguir entre
información verificable, interpretación razonable y propaganda interesada.
Esa distinción se vuelve más difícil cuando el debate
público se contamina de emociones colectivas. La indignación, el miedo o la
lealtad política pueden empujar incluso a periodistas experimentados a
seleccionar únicamente los hechos que refuerzan una narrativa previa.
Ahí aparece una de las tentaciones más peligrosas del
oficio: el periodismo de trinchera.
Cuando el periodista se convierte en combatiente de una
causa, el espacio para la duda y la verificación comienza a desaparecer. La
información se vuelve un instrumento para derrotar al adversario y no para
comprender la realidad.
El problema es que ese camino termina debilitando la
credibilidad del periodismo.
En sociedades profundamente divididas, la confianza pública
en los medios se erosiona con rapidez. Cada grupo termina creyendo solo en sus
propias fuentes y el espacio de realidad compartida se reduce.
Sin embargo, precisamente en ese escenario el periodismo
resulta más necesario que nunca.
La función del periodista no es resolver la polarización
política, pero sí puede contribuir a mantener un terreno común de hechos
verificables.
Un lugar donde la discusión pública pueda sostenerse sobre algo más que
percepciones o consignas.
Eso exige algo que hoy parece escaso: independencia.
Independencia frente al poder político, pero también frente
a las presiones del mercado, las audiencias radicalizadas y las dinámicas
emocionales de las redes sociales.
La ética periodística no consiste en situarse en un punto
imaginario de neutralidad absoluta.
Consiste en sostener, incluso en medio de la polarización, una disciplina
profesional basada en tres principios simples:
verificar,
contextualizar
y explicar.
Puede parecer poco.
Pero en un mundo saturado de propaganda, rumores y relatos
interesados, ese compromiso básico sigue siendo una de las formas más valiosas
de servicio público.
Porque cuando el periodismo mantiene su ética, incluso en
tiempos de polarización, todavía es posible que la sociedad conserve algo
esencial para cualquier democracia: un espacio común donde los hechos
importen.
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