lunes, 16 de marzo de 2026

 


El periodista no es neutral

Rigor, criterio y responsabilidad pública

Periodismo a Contraluz

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Durante mucho tiempo se enseñó en las escuelas de periodismo una idea aparentemente sencilla: el periodista debe ser neutral.

La premisa tenía una intención loable. Se buscaba evitar que la información se contaminara con opiniones o intereses ideológicos.

Pero con el paso del tiempo, esa idea comenzó a mostrar sus límites.

El periodista puede aspirar a ser riguroso, honesto y equilibrado, pero difícilmente puede ser completamente neutral.

La razón es sencilla —aunque incómoda—: el periodismo implica tomar decisiones.

Cada noticia obliga al periodista a decidir qué es relevante, qué contexto debe incorporarse, qué voces deben ser escuchadas y qué hechos merecen ser investigados con mayor profundidad. Los encuadres, las narrativas previas, las decisiones sobre qué temas entran o no en la agenda, no son accidentes: pasan por elecciones concretas de periodistas y redacciones.

En ese proceso siempre existe un punto de vista implícito.

Incluso la elección de un tema ya es una forma de tomar posición. Cuando un periodista decide investigar la corrupción, la violencia o el abuso de poder, está afirmando que esos fenómenos merecen ser visibilizados. Si dedica meses a documentar feminicidios, desapariciones o despojos de tierra, está diciendo que esas vidas y esos territorios importan, aunque durante años hayan sido tratados como temas menores.

Eso no es falta de neutralidad.

Es responsabilidad pública.

El problema no es que el periodista tenga criterios. El problema aparece cuando esos criterios sustituyen a los hechos.

El buen periodismo no consiste en simular una neutralidad imposible, sino en practicar algo más exigente: honestidad intelectual.

Eso implica verificar información, contrastar fuentes, ofrecer contexto y permitir permitir que los hechos hablen con la mayor claridad posible, incluso cuando incomodan a intereses poderosos.

El periodista no es un espectador pasivo de la realidad. Es un mediador entre los hechos y la sociedad.

Su tarea no es ocultar su criterio bajo la máscara de una falsa neutralidad, sino utilizar ese criterio para buscar la verdad con rigor y responsabilidad.

Porque cuando el periodismo renuncia a su capacidad crítica en nombre de la neutralidad, corre el riesgo de convertirse en un simple transmisor de discursos de poder. Tratar como equivalentes la voz de la víctima y la del agresor, o del ciudadano afectado y del funcionario que elude responsabilidades, no es equilibrio: es falsear el terreno.

Y en ese momento deja de cumplir su función más importante: la de ayudar a la sociedad a comprender la realidad.

El periodismo no necesita periodistas neutros.

Necesita periodistas rigurosos.

Necesita periodistas capaces de investigar con independencia, de cuestionar a quienes ejercen el poder y de ofrecer a los ciudadanos la información necesaria para formarse su propio juicio.

La credibilidad del periodismo no se sostiene en la neutralidad absoluta —que muchas veces es imposible—, sino en algo más sólido:

la coherencia entre los hechos que se presentan, el método con el que se investigan y la honestidad con la que se cuentan.

En última instancia, el lector no espera de un periodista que sea invisible.

Espera que sea responsable.

Y que, en medio del ruido de narrativas, intereses y propaganda, mantenga un compromiso claro con aquello que da sentido al oficio:

la búsqueda de la verdad.

 

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