La batalla por el relato
Cómo gobiernos y actores políticos disputan la narrativa
mediática
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En el mundo contemporáneo, los conflictos políticos no se
libran únicamente en los parlamentos, en los tribunales o en las calles.
También se libran en el terreno de la narrativa.
Cada acontecimiento relevante —una crisis política, una
protesta social, una reforma gubernamental o una investigación periodística—
genera inmediatamente una disputa por su significado.
No basta con que algo ocurra.
La pregunta decisiva ya no es solo qué ocurrió.
Es cómo se contará lo ocurrido.
Gobiernos, partidos políticos, movimientos sociales y
actores económicos saben que la opinión pública no se forma únicamente a partir
de los hechos, sino también a partir de las historias que se construyen
alrededor de ellos. Sin embargo, no todos participan en esa disputa desde el
mismo lugar: algunos cuentan con aparatos de comunicación, recursos
publicitarios y acceso permanente a micrófonos que les permiten instalar su
versión con mucha más fuerza que otros.
Por eso, cada vez con mayor frecuencia, los acontecimientos
vienen acompañados de relatos preparados de antemano.
Un mismo hecho puede describirse como una reforma necesaria
o como una imposición autoritaria.
Una movilización social puede presentarse como una defensa legítima de derechos
o como un intento de desestabilización.
Imaginemos una misma marcha narrada por dos canales. Uno
abre su noticiero con "La ciudad sitiada por bloqueos; miles de personas
quedan atrapadas en el tráfico". El otro arranca así: "Miles salen a
las calles para exigir alto a la violencia que viven todos los días". La
escena en la calle es la misma. Lo que cambia es la historia que se le ofrece
al público para entenderla.
En esa disputa, el lenguaje se convierte en un campo de
batalla.
Las palabras elegidas para describir un hecho pueden
orientar la interpretación del público mucho antes de que los ciudadanos
conozcan todos los detalles.
Hablar de "ajuste económico", "reforma
estructural" o "recorte presupuestal" no produce la misma
reacción.
Del mismo modo, describir una intervención estatal como
"operativo de seguridad", "represión policial" o
"restablecimiento del orden" introduce marcos interpretativos
distintos.
Pero la batalla por el relato no ocurre únicamente en las
palabras.
También se despliega en la velocidad de la
comunicación.
En la era de las redes sociales, los gobiernos y actores
políticos intentan instalar una narrativa antes de que los hechos hayan sido
plenamente investigados.
Las conferencias de prensa, los mensajes institucionales,
los hilos en redes sociales y las declaraciones coordinadas forman parte de una
estrategia destinada a fijar una primera interpretación del acontecimiento.
Esa primera narrativa suele tener una ventaja importante:
llega primero. Y lo que llega primero suele parecer más verdadero, incluso
cuando todavía está lleno de zonas oscuras.
Cuando una versión inicial logra instalarse con rapidez en
el espacio público, las interpretaciones posteriores deben esforzarse mucho más
para modificarla. Movimientos sociales, víctimas o comunidades afectadas suelen
llegar tarde a una conversación donde el sentido ya fue parcialmente definido
desde el poder.
En ese contexto, el periodismo enfrenta un desafío complejo.
Si reproduce sin cuestionamientos la narrativa oficial o
partidista, corre el riesgo de convertirse en amplificador de estrategias
políticas.
Pero si investiga con rigor, contrasta versiones y mantiene
distancia crítica, puede ofrecer a la sociedad algo fundamental: un
relato sustentado en hechos verificables.
La tarea del periodismo no consiste en sustituir una
narrativa política por otra.
Consiste en examinar las narrativas en disputa.
Preguntarse quién construye cada relato.
Qué intereses están en juego.
Qué hechos se omiten.
Qué información todavía no ha sido comprobada.
En un entorno donde distintos actores compiten por imponer
su versión de los acontecimientos, el periodismo cumple una función decisiva.
No la de ganar la batalla del relato.
Sino la de recordar que, detrás de cada narrativa, existe
una realidad que merece ser investigada con paciencia, rigor y sentido crítico.
Así como el encuadre selecciona una parte de la escena, las
narrativas previas adelantan explicaciones, el silencio deja fuera temas
enteros y la opinión se cuela en las noticias, la lucha por el relato muestra
hasta qué punto la política intenta moldear lo que entendemos por realidad.
Porque cuando el relato sustituye a los hechos, la discusión
pública se convierte en una lucha de versiones.
Y en ese momento la sociedad deja de debatir sobre lo que
ocurre.
Empieza a debatir únicamente sobre historias
construidas para explicar lo ocurrido.
Por eso, en medio de esta disputa permanente por el
significado de los acontecimientos, el periodismo tiene una tarea que sigue
siendo insustituible: no escapar del terreno de los relatos, pero sí negarse a
que el relato sustituya a los hechos.
En última instancia, la tarea del periodismo sigue siendo la misma: separar, en
la medida de lo posible, la narrativa de la realidad.
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