El algoritmo como editor: cuatro escenas cotidianas
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Decir que el algoritmo es el nuevo editor puede sonar
abstracto. Para entenderlo mejor hace falta mirar cómo actúa en la vida diaria,
en situaciones que cualquiera puede reconocer: no en líneas de código, sino en
lo que ocurre cada vez que abrimos una pantalla.
1. El muro infinito: noticias mezcladas con todo lo demás
Alguien entra a su red social "para ver qué ha pasado
en el día". Lo primero que aparece no es la portada de un periódico, sino
una mezcla de vídeos breves, memes, anuncios y, de vez en cuando, una nota
informativa. Entre un baile viral y una receta de cocina aparece la cobertura
de una inundación; más abajo, un hilo sobre corrupción; después, otra vez
entretenimiento.
Ese orden no es casual. El sistema calcula qué combinación
de contenidos tiene más posibilidades de retener la atención: un clip de humor,
una discusión política cargada de insultos, una noticia presentada como
escándalo. La relevancia pública de cada tema pesa menos que la probabilidad de
que el usuario se detenga, haga clic, comente o comparta. El resultado es un
espacio donde la noticia compite en las mismas condiciones que cualquier otro
estímulo. El editor ya no decide "esto va en portada", sino
"esto es lo que más te hará quedarte scrolleando".
2. Las tendencias que dictan la agenda
En otra escena, un tema político aparece de pronto en la
sección de "tendencias": un hashtag nuevo, un lema repetido, miles de
mensajes que lo impulsan a la vez. Muchos usuarios se enteran así de que
"algo está pasando". Los noticieros y portales, a su vez, miran esa
lista y empiezan a preguntarse si deben cubrirlo: "Está en tendencia, la
gente está hablando de esto".
Lo que la mayoría no ve es el trabajo previo: campañas
coordinadas, cuentas que publican de manera sincronizada, mensajes diseñados
para provocar reacciones fuertes. El algoritmo detecta una actividad inusual y
la premia con visibilidad. Lo que era una operación de propaganda o de presión
organizada se convierte, a los ojos del público, en "tema del
momento". La agenda deja de construirse solo en las redacciones y empieza
a definirse también en esas listas automáticas, donde el ruido puede pesar más
que la importancia real de los hechos.
3. La cadena de recomendaciones: del dato al delirio
Una tercera escena: alguien busca un vídeo para entender
mejor una noticia sobre salud, energía o migración. La plataforma le muestra un
contenido razonable, producido por un medio o una institución. Al terminar,
aparece el recuadro de siempre: "Te puede interesar". Un clic lleva a
otro video, y luego a otro, cada vez más opinativo, más sensacionalista, más
extremo.
En pocos pasos, la persona ha pasado de una explicación
matizada a piezas que cuestionan los datos, que sugieren conspiraciones o que
presentan teorías sin evidencia como si fueran verdades ocultas. No hubo una
decisión consciente de "voy a buscar desinformación", sino una
secuencia de recomendaciones optimizadas para mantener la atención a toda
costa. El algoritmo no distingue entre un reportaje verificado y un contenido
engañoso; solo mide qué engancha más. Esa lógica puede empujar, poco a poco,
hacia los bordes más estridentes del ecosistema informativo.
4. Lo que aparece primero cuando buscamos
La última escena empieza con una pregunta en la barra de
búsqueda: el nombre de una persona, un conflicto, una elección, una enfermedad.
Los primeros resultados son cruciales: la mayoría de los usuarios no pasará de
la primera página, a veces ni siquiera de los primeros enlaces. Esos lugares
preferentes pueden estar ocupados por grandes medios, pero también por sitios
que han aprendido a jugar con las reglas del posicionamiento, por contenidos
patrocinados o por páginas que repiten la misma versión de los hechos.
Desde fuera, todo se ve igual: una lista ordenada de
enlaces. Pero el orden importa. Lo que aparece arriba gana credibilidad por
simple proximidad, por el peso simbólico de "estar primero". De
nuevo, detrás de esa jerarquía no hay un editor deliberando qué es más riguroso
o más útil para el interés público, sino un sistema que combina popularidad,
historial de clics, inversión publicitaria y otros factores técnicos. La puerta
de entrada a la información pasa por un filtro que casi nunca discutimos.
Epílogo: el editor que no firma
En estas cuatro escenas no aparece ningún editor humano. No
hay una persona decidiendo portadas, asignando espacios o defendiendo criterios
ante una junta de redacción. Sin embargo, en todas ellas hay decisiones sobre
qué vemos primero, qué queda enterrado, qué se presenta como urgente y qué
apenas asoma en la superficie.
Ese es el poder del algoritmo como nuevo editor: organiza
nuestra experiencia informativa sin presentarse como tal. No firma columnas, no
da entrevistas, no rinde cuentas. Solo "funciona", siguiendo una
lógica que prioriza la atención por encima de cualquier otro criterio. El
desafío para el periodismo —y para las audiencias— es aprender a reconocer esa
mano invisible y preguntarse qué implica que un sistema técnico ocupe, cada vez
más, el lugar donde antes había una discusión editorial abierta, con nombres y
apellidos.
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