El algoritmo como nuevo editor
Quién decide qué vemos primero
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Durante décadas, en las redacciones existía una figura clara
que organizaba el flujo de la información: el editor. Era quien decidía qué
noticia abría la portada, qué historia merecía más espacio, qué tema debía
esperar y cuál debía descartarse. Esa decisión no era neutral —estaba
atravesada por criterios editoriales, intereses empresariales y visiones del
mundo—, pero tenía algo fundamental: sabíamos quién tomaba la decisión.
Hoy esa figura sigue existiendo en los medios, pero comparte
el poder con un actor mucho menos visible.
El algoritmo.
Cada vez que abrimos una red social, una plataforma de
video, un buscador o incluso un portal de noticias, un sistema automatizado
decide qué contenidos aparecerán primero en nuestra pantalla. Ese sistema no
solo organiza información: ordena nuestra atención.
Las plataformas digitales se han convertido, en la práctica,
en los nuevos distribuidores de noticias. Millones de personas ya no llegan a
la información entrando directamente a un periódico, escuchando un noticiero o
viendo un informativo televisivo. Llegan a ella a través de un flujo constante
de contenidos que aparece en sus teléfonos: recomendaciones, tendencias,
publicaciones sugeridas, videos que "podrían interesar".
Detrás de ese flujo no hay un editor humano revisando cada
pieza. Hay modelos matemáticos que procesan enormes cantidades de datos sobre
el comportamiento de los usuarios: qué leen, cuánto tiempo permanecen en una
publicación, qué comparten, qué comentan, qué ignoran. A partir de esa
información, el sistema aprende qué tipo de contenidos es más probable que
mantenga nuestra atención.
Así, el algoritmo decide qué vemos primero, qué desaparece
rápidamente y qué contenidos permanecen circulando durante más tiempo.
Este mecanismo tiene una consecuencia profunda para el
periodismo. La agenda informativa ya no se organiza únicamente en las
redacciones: también se reorganiza en los sistemas de recomendación de las
plataformas. Un reportaje de investigación puede quedar enterrado bajo una ola
de contenidos virales. Un rumor puede amplificarse con rapidez si genera
interacción. Una historia compleja puede perder visibilidad frente a un
contenido breve que provoca reacciones inmediatas.
El criterio que guía muchas de estas decisiones no es
necesariamente la relevancia pública de la información, sino la
probabilidad de generar interacción.
En ese sentido, los algoritmos funcionan como editores
invisibles que ordenan la conversación pública sin asumir
responsabilidad editorial. No escriben titulares, no firman columnas, no
responden preguntas en conferencias de prensa. Sin embargo, influyen
decisivamente en qué historias alcanzan visibilidad y cuáles quedan fuera del
radar colectivo.
Esto no significa que las plataformas tengan una intención
única o coordinada de manipular la información. Su lógica principal responde a
otro objetivo: mantener a los usuarios el mayor tiempo posible dentro de sus
sistemas.
Pero cuando la atención se convierte en el recurso más
valioso del ecosistema informativo, las decisiones técnicas sobre qué mostrar
primero terminan teniendo efectos políticos, culturales y sociales.
La paradoja es evidente: nunca había circulado tanta
información en la historia y, sin embargo, el acceso a ella depende cada vez
más de mecanismos que permanecen parcialmente ocultos para el público.
Sabemos que los algoritmos organizan la información.
Sabemos que influyen en lo que vemos.
Pero no siempre sabemos cómo lo hacen.
La segunda temporada de Periodismo a Contraluz ya
había señalado esta tensión cuando hablábamos de "la nota al ritmo del
algoritmo": redacciones presionadas por métricas, titulares pensados para
redes sociales, periodistas obligados a competir por clics en un entorno
saturado de estímulos.
Ahora el problema aparece en una escala mayor. No se trata
solo de cómo los periodistas se adaptan al algoritmo. Se trata de reconocer
que el algoritmo se ha convertido en una infraestructura central del
ecosistema informativo.
Un editor invisible que organiza el flujo de millones de
noticias cada día.
Y cuya lógica todavía estamos aprendiendo a comprender.
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