La crisis de la verdad pública
Cuando ya no compartimos los mismos hechos
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Dos personas comparten mesa en un café y hablan de la última
crisis política. Una jura que "los medios están ocultando la verdad"
porque en sus grupos circulan videos y capturas que muestran "lo que
realmente pasó". La otra dice que todo eso son montajes, porque en sus
fuentes de confianza aparecen desmentidos y reportajes que cuentan una historia
distinta. No es solo que piensen diferente: parecen estar hablando de países
distintos.
Durante mucho tiempo, las sociedades modernas compartieron
algo que parecía casi natural: un conjunto básico de hechos comunes.
Los ciudadanos podían discrepar sobre las interpretaciones, las ideologías o
las soluciones políticas, pero, en términos generales, existía un acuerdo
mínimo sobre qué estaba ocurriendo.
Los periódicos, la radio y la televisión cumplían una
función central en ese proceso. No eran perfectos ni neutrales, pero
contribuían a construir un espacio informativo donde los acontecimientos podían
ser reconocidos por amplios sectores de la sociedad. Ese espacio común era, en
buena medida, el terreno donde se desarrollaba la conversación
democrática.
Hoy ese terreno parece fragmentarse.
La ruptura del centro informativo
El ecosistema mediático contemporáneo ya no tiene un centro
claro. Durante gran parte del siglo XX, los grandes medios funcionaban como
nodos principales del sistema informativo. Las audiencias podían criticar su
cobertura, pero la mayor parte de la población consumía noticias dentro de un
mismo circuito.
Las plataformas digitales transformaron esa estructura. Hoy
cada persona puede construir su propio universo informativo
personalizado, compuesto por:
- Redes
sociales
- canales
de vídeo
- Blogs
- influencers
- Comunidades
Digitales
- grupos
de mensajería
El resultado es un paisaje informativo mucho más diverso,
pero también mucho más fragmentado.
Las cámaras de eco
En ese nuevo entorno aparecen las llamadas cámaras
de eco. Los algoritmos tienden a mostrar contenidos similares a los que el
usuario ya consume o con los que interactúa. De esa manera, las personas
reciben con mayor frecuencia información que confirma sus propias
creencias.
El fenómeno no es completamente nuevo: las personas siempre
han buscado espacios donde se sienten ideológicamente cómodas. La diferencia es
que, en el ecosistema digital, ese proceso se vuelve mucho más intenso
y sistemático.
Las plataformas optimizan el contenido para maximizar la
atención, y los mensajes que refuerzan identidades o emociones fuertes suelen
circular con mayor facilidad. Con el tiempo, los usuarios pueden terminar
habitando entornos informativos casi completamente homogéneos.
Cuando los hechos se vuelven discutibles
En ese contexto, la discusión pública cambia de naturaleza.
Antes, muchas disputas políticas ocurrían a partir de hechos compartidos. Hoy,
en algunos casos, los propios hechos se convierten en objeto de disputa.
Un mismo acontecimiento puede ser presentado de maneras
radicalmente distintas según el entorno informativo donde circule. Incluso
puede ocurrir algo más profundo: que distintos grupos sociales ni
siquiera reconozcan el mismo acontecimiento como relevante o verdadero.
Cuando eso sucede, la conversación pública pierde uno de sus
elementos más importantes: un punto de partida común.
El debilitamiento del espacio público
El filósofo Jürgen Habermas describió el espacio público
como el lugar donde los ciudadanos intercambian argumentos y deliberan sobre
los asuntos colectivos. Ese ideal siempre fue imperfecto. Pero durante décadas
existieron ciertas infraestructuras informativas que permitían sostener, al
menos parcialmente, ese intercambio.
La fragmentación informativa plantea un desafío nuevo. Si
cada grupo social consume información distinta, interpreta los hechos desde
marcos completamente diferentes y desconfía de las fuentes utilizadas por los
demás, la posibilidad de una deliberación común se vuelve más difícil.
No desaparece el debate público, pero se vuelve más polarizado,
discontinuo y conflictivo.
El papel del periodismo
En este escenario, el periodismo enfrenta un desafío
complejo. Ya no basta con verificar información. También es
necesario reconstruir la confianza en los procesos que permiten establecer
hechos verificables.
Eso implica explicar cómo se obtienen los datos, cómo se
contrastan las fuentes y cómo se construyen las noticias. El periodismo no
puede obligar a la sociedad a aceptar un conjunto de hechos. Pero puede seguir
defendiendo una idea fundamental: que la conversación democrática
necesita un mínimo de realidad compartida.
Una pregunta abierta
La fragmentación informativa no desaparecerá. El ecosistema
digital ha llegado para quedarse. La pregunta que surge entonces no es cómo
regresar al sistema mediático del pasado, sino cómo sostener una esfera
pública donde todavía sea posible discutir sobre hechos comunes.
Porque cuando una sociedad deja de compartir siquiera los
puntos de partida de la realidad, el debate público corre el riesgo de
transformarse en algo distinto: no una conversación democrática, sino una
confrontación permanente entre realidades paralelas
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