La guerra global por la narrativa
Estados, plataformas y actores opacos
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
Durante mucho tiempo las guerras se entendieron
principalmente como enfrentamientos militares. Ejércitos, territorios,
fronteras y recursos definían los escenarios de conflicto.
Hoy, sin embargo, una parte creciente de esas disputas se
libra en otro terreno: el de la información.
Un usuario abre sus redes sociales en medio de una crisis
internacional. En pocos segundos ve tres versiones distintas del mismo hecho:
un video oficial que habla de "operación de seguridad", imágenes de
civiles que denuncian una agresión y un hilo donde alguien asegura que todo es
un montaje. No han pasado ni dos minutos y ya no está claro qué está
ocurriendo; lo que sí está claro es que distintos actores compiten por imponer
su relato.
Las grandes potencias, los gobiernos, las corporaciones
tecnológicas y diversos actores transnacionales han aprendido que controlar el
relato público puede ser tan importante como controlar un territorio. En este
nuevo escenario, la información no solo describe la realidad. También la
disputa.
El relato como territorio
Cada conflicto contemporáneo produce múltiples narrativas en
competencia. Un mismo acontecimiento puede ser interpretado de maneras
radicalmente distintas según quién lo cuente, qué contexto se enfatice y qué
elementos se omitan.
Lo que para un gobierno es una "operación de
seguridad", para otro actor puede ser una "agresión". Lo que
para algunos es una "protesta legítima", para otros es un "acto
de desestabilización".
La disputa no ocurre solo en el terreno de los hechos, sino
en el marco interpretativo que les da sentido. Ahí entra en
juego lo que en teoría de la comunicación se conoce como encuadre.
Los encuadres no inventan necesariamente los hechos, pero sí determinan cómo
deben entenderse. Y en la política internacional, esa interpretación puede
tener consecuencias estratégicas.
Plataformas como nuevos campos de batalla
Las redes sociales y las plataformas digitales han
transformado radicalmente el alcance de estas disputas. Antes, la propaganda
internacional circulaba principalmente a través de medios estatales, diplomacia
pública o campañas informativas relativamente controladas.
Hoy cualquier mensaje puede viajar en cuestión de segundos a
millones de pantallas. Eso convierte a las plataformas digitales en nuevos
campos de batalla informativa.
En ellas conviven:
- medios
tradicionales
- cuentas
oficiales de gobiernos
- periodistas
independientes
- creadores
de contenido
- redes
de bots
- campañas
coordinadas de desinformación
- usuarios
comunes que comparten información sin verificar
La mezcla de todos estos actores produce un entorno
donde la frontera entre información, opinión y propaganda se vuelve
cada vez más difusa.
Narrativas diseñadas
En este contexto, muchas narrativas ya no surgen de manera
espontánea: se diseñan estratégicamente. Equipos especializados
analizan audiencias, prueban mensajes, segmentan públicos y utilizan las mismas
herramientas de marketing digital que emplea la publicidad comercial.
El objetivo no siempre es convencer a todos. A veces basta
con:
- sembrar
dudas
- polarizar
conversaciones
- saturar
el espacio informativo
- erosionar
la confianza en las fuentes
En algunos casos, el propósito ni siquiera es instalar una
verdad alternativa, sino debilitar la idea misma de verdad verificable.
El papel incómodo del periodismo
En medio de esta guerra de narrativas, el periodismo ocupa
una posición incómoda. Su tarea consiste precisamente en verificar,
contextualizar y contrastar información. Pero esa función puede entrar en
conflicto con actores que buscan controlar el relato público.
En distintos lugares del mundo, los periodistas enfrentan
presiones que adoptan formas diversas:
- campañas
de descrédito
- Hostigamiento
Digital
- restricciones
legales
- espionaje
- amenazas
- violencia
física
En muchos casos, la intención no es solo silenciar a un
periodista concreto. Es debilitar la credibilidad del oficio en su
conjunto. Porque cuando la sociedad deja de confiar en quienes verifican
los hechos, el terreno queda abierto para que cualquier narrativa compita en
igualdad de condiciones.
El ruido estratégico
Una característica particular de estas disputas
contemporáneas es la producción deliberada de ruido informativo. En
lugar de intentar imponer una sola versión de los hechos, algunos actores optan
por inundar el espacio público con múltiples versiones contradictorias.
Cuando todo parece discutible, la posibilidad de construir
consensos informados se vuelve más difícil. El resultado no siempre es que una
narrativa triunfe claramente sobre otra. A veces el resultado es confusión
generalizada. Y la confusión puede ser, en sí misma, una herramienta
estratégica.
Una disputa por la realidad
La guerra global por la narrativa no se limita a conflictos
militares o crisis internacionales. También atraviesa debates internos de las
sociedades:
- Elecciones
- Protestas
Sociales
- Crisis
sanitarias
- conflictos
ambientales
- Políticas
públicas
En todos esos casos, distintos actores intentan
definir qué historia debe prevalecer. Porque quien logra instalar
un relato convincente no solo gana una discusión momentánea: también influye
en cómo las sociedades interpretan su propia realidad.
El desafío democrático
Frente a este escenario, el papel del periodismo adquiere
una relevancia particular. No porque tenga el monopolio de la verdad, sino
porque su método —verificación, contrastación, contextualización— sigue siendo
una de las herramientas más fiables para aproximarse a los hechos.
Pero sostener ese trabajo exige algo más que buenas
intenciones. Requiere instituciones, redacciones independientes, audiencias
críticas y condiciones mínimas de libertad para investigar y publicar.
En una época donde la información circula a velocidades
inéditas y donde múltiples actores compiten por moldear el relato público, el
desafío no consiste solo en contar historias. Consiste en defender la
posibilidad misma de una conversación pública basada en hechos verificables.
Porque en la guerra global por la narrativa, lo que está en
disputa no es solo quién tiene la razón. Es cómo entendemos la realidad
compartida.
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