jueves, 9 de abril de 2026

 

Resistir en la economía de la atención

Algunas respuestas posibles

Periodismo a Contraluz

Por Jose Rafael Moya Saavedra

En una redacción pequeña, el equipo se reúne frente a una mesa llena de ideas. En la pantalla, las métricas del día marcan el pulso: una nota ligera rompe récords de clics, mientras un reportaje complejo apenas suma lecturas. Alguien propone otra pieza rápida "para aprovechar el tema del momento"; otra persona insiste en defender la investigación que lleva semanas trabajando. Entre esas dos fuerzas —la urgencia de la atención inmediata y la necesidad de contar historias de fondo— se decide, todos los días, qué periodismo es posible.​

Después de mirar cómo el algoritmo se vuelve editor y cómo la atención se convierte en moneda, es fácil sentir que el periodismo solo reacciona a fuerzas que no controla. Pero no todo está decidido. En medio de este ecosistema, hay redacciones, equipos pequeños y proyectos independientes que ensayan formas de trabajar que no se rinden del todo a la lógica del clic. No son soluciones mágicas, pero dibujan un mapa de respuestas posibles.​

1. Apostar por la profundidad, no solo por la velocidad

Una primera respuesta consiste en cambiar la pregunta de fondo. En vez de "¿qué tema nos puede dar más tráfico hoy?", algunas redacciones se preguntan "¿qué tema necesitamos explicar bien, aunque tarde más en leerse?". Eso se traduce en formatos que buscan profundidad: reportajes largos, explicadores, investigaciones que se toman semanas, newsletters que acompañan procesos en lugar de perseguir cada giro del día.​

En la economía de la atención, este tipo de periodismo parece ir a contracorriente. Sin embargo, muchas audiencias valoran justamente lo que escasea: contexto, matices, tiempo para entender. La apuesta es clara: quizá no capta todas las miradas, pero retiene a quienes no se conforman con titulares de impacto inmediato.​

2. Construir comunidad, no solo audiencia

Otra línea de respuesta pasa por dejar de ver a las personas como "usuarios" anónimos y empezar a pensarlas como comunidad. Proyectos que conversan con su público, explican cómo trabajan, comparten sus dilemas editoriales y piden apoyo directo —mediante membresías, donaciones o suscripciones— buscan algo más que atención pasajera: buscan vínculos.​

Cuando una comunidad entiende el valor de un medio, está más dispuesta a dedicarle tiempo y recursos. Esa relación no elimina la presión de las métricas, pero la compensa con otro tipo de lealtad: la que nace de sentirse parte de un proyecto y no solo de encontrarse con un contenido en medio del scroll.​

3. Transparentar el propio algoritmo humano

Si las plataformas funcionan con reglas opacas, el periodismo puede intentar lo contrario: hacer visibles sus propios criterios. Explicar por qué se elige un tema y no otro, cómo se verifica una información, qué limitaciones tiene una cobertura, qué conflictos de interés se han identificado. Esa transparencia no resuelve todos los problemas, pero devuelve algo importante: la posibilidad de confiar en decisiones editoriales que tienen nombre y apellido.​

En un entorno donde muchos contenidos compiten por atención sin mostrar cómo se construyeron, decir "así trabajamos" puede ser un acto de resistencia. Es una forma de recordarle al público que detrás de cada pieza hay personas que deliberan, dudan, corrigen.​

4. Alianzas y alfabetización mediática

Finalmente, el periodismo no puede cargar solo con toda la responsabilidad. Otra respuesta pasa por tejer alianzas con escuelas, universidades, organizaciones civiles y proyectos de educación mediática. No se trata solo de enseñar "a detectar noticias falsas", sino de compartir herramientas para entender cómo circula la información, cómo operan los algoritmos y qué implica dedicar tiempo a informarse.​

Cuando la atención es el recurso en disputa, también se vuelve un terreno de aprendizaje ciudadano. Saber en qué se invierte ese tiempo, y con qué consecuencias, forma parte de la alfabetización democrática.​

Estas respuestas no eliminan la presión de la economía de la atención. Tampoco garantizan la supervivencia de cada proyecto. Pero muestran que el periodismo no está condenado únicamente a seguir el ritmo del algoritmo. Puede intentar negociar con él, buscar sus propios tiempos, cuidar sus vínculos y explicar sus decisiones.​

En los siguientes textos de esta temporada, miraremos qué ocurre cuando esa misma economía de la atención se combina con campañas de desinformación y guerras de narrativa. Porque el problema ya no es solo quién logra captar más miradas, sino quién consigue moldear, a través de ellas, la forma en que entendemos la realidad.

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