Resistir en la economía de la atención
Algunas respuestas posibles
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
En una redacción pequeña, el equipo se reúne frente a una
mesa llena de ideas. En la pantalla, las métricas del día marcan el pulso: una
nota ligera rompe récords de clics, mientras un reportaje complejo apenas suma
lecturas. Alguien propone otra pieza rápida "para aprovechar el tema del
momento"; otra persona insiste en defender la investigación que lleva
semanas trabajando. Entre esas dos fuerzas —la urgencia de la atención
inmediata y la necesidad de contar historias de fondo— se decide, todos los
días, qué periodismo es posible.
Después de mirar cómo el algoritmo se vuelve editor y cómo
la atención se convierte en moneda, es fácil sentir que el periodismo solo
reacciona a fuerzas que no controla. Pero no todo está decidido. En medio de
este ecosistema, hay redacciones, equipos pequeños y proyectos independientes
que ensayan formas de trabajar que no se rinden del todo a la lógica del clic.
No son soluciones mágicas, pero dibujan un mapa de respuestas posibles.
1. Apostar por la profundidad, no solo por la velocidad
Una primera respuesta consiste en cambiar la pregunta de
fondo. En vez de "¿qué tema nos puede dar más tráfico hoy?", algunas
redacciones se preguntan "¿qué tema necesitamos explicar bien, aunque
tarde más en leerse?". Eso se traduce en formatos que buscan profundidad:
reportajes largos, explicadores, investigaciones que se toman semanas,
newsletters que acompañan procesos en lugar de perseguir cada giro del día.
En la economía de la atención, este tipo de periodismo
parece ir a contracorriente. Sin embargo, muchas audiencias valoran justamente
lo que escasea: contexto, matices, tiempo para entender. La apuesta es clara:
quizá no capta todas las miradas, pero retiene a quienes no se conforman con
titulares de impacto inmediato.
2. Construir comunidad, no solo audiencia
Otra línea de respuesta pasa por dejar de ver a las personas
como "usuarios" anónimos y empezar a pensarlas como comunidad.
Proyectos que conversan con su público, explican cómo trabajan, comparten sus
dilemas editoriales y piden apoyo directo —mediante membresías, donaciones o
suscripciones— buscan algo más que atención pasajera: buscan vínculos.
Cuando una comunidad entiende el valor de un medio, está más
dispuesta a dedicarle tiempo y recursos. Esa relación no elimina la presión de
las métricas, pero la compensa con otro tipo de lealtad: la que nace de
sentirse parte de un proyecto y no solo de encontrarse con un contenido en
medio del scroll.
3. Transparentar el propio algoritmo humano
Si las plataformas funcionan con reglas opacas, el
periodismo puede intentar lo contrario: hacer visibles sus propios criterios.
Explicar por qué se elige un tema y no otro, cómo se verifica una información,
qué limitaciones tiene una cobertura, qué conflictos de interés se han
identificado. Esa transparencia no resuelve todos los problemas, pero devuelve
algo importante: la posibilidad de confiar en decisiones editoriales que tienen
nombre y apellido.
En un entorno donde muchos contenidos compiten por atención
sin mostrar cómo se construyeron, decir "así trabajamos" puede ser un
acto de resistencia. Es una forma de recordarle al público que detrás de cada
pieza hay personas que deliberan, dudan, corrigen.
4. Alianzas y alfabetización mediática
Finalmente, el periodismo no puede cargar solo con toda la
responsabilidad. Otra respuesta pasa por tejer alianzas con escuelas,
universidades, organizaciones civiles y proyectos de educación mediática. No se
trata solo de enseñar "a detectar noticias falsas", sino de compartir
herramientas para entender cómo circula la información, cómo operan los
algoritmos y qué implica dedicar tiempo a informarse.
Cuando la atención es el recurso en disputa, también se
vuelve un terreno de aprendizaje ciudadano. Saber en qué se invierte ese
tiempo, y con qué consecuencias, forma parte de la alfabetización democrática.
Estas respuestas no eliminan la presión de la economía de la
atención. Tampoco garantizan la supervivencia de cada proyecto. Pero muestran
que el periodismo no está condenado únicamente a seguir el ritmo del algoritmo.
Puede intentar negociar con él, buscar sus propios tiempos, cuidar sus vínculos
y explicar sus decisiones.
En los siguientes textos de esta temporada, miraremos qué
ocurre cuando esa misma economía de la atención se combina con campañas de
desinformación y guerras de narrativa. Porque el problema ya no es solo quién
logra captar más miradas, sino quién consigue moldear, a través de ellas, la
forma en que entendemos la realidad.
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