Mundial 2026: reportear entre balones, balas e ICE
Periodismo a Contraluz
Por Jose Rafael Moya Saavedra
El Mundial siempre ha sido una
fiesta para la audiencia, Para quienes lo cuentan, nunca lo ha sido del todo. En
2026, esa distancia se vuelve más evidente: periodistas, fotógrafos y locutores
trabajarán en un torneo partido en dos mundos de riesgo —la violencia
estructural mexicana y el dispositivo migratorio y de vigilancia
estadounidense— con una FIFA que promete garantías que todavía no se ven
claras.
1.
Son las voces visibles… pero no
necesariamente las más libres.
La primera capa es la que todos vemos.
Los grandes consorcios ya se
repartieron el tablero: narradores-estrella, exfutbolistas reciclados en
analistas, comediantes en sets gigantes, coberturas "multiplataforma"
desde foros climatizados lejos del ruido de la calle. Buena parte de esa maquinaria
ni siquiera viajará a todas las sedes: narrarán desde cabinas en Ciudad de
México, Miami o Madrid, con enlaces puntuales a reporteros a pie de cancha.
Para ellos, el Mundial será más bien un show de exceso:
- agendas
marcadas por marcas y patrocinadores,
- entrevistas
filtradas por departamentos de prensa,
- "colores"
cuidadosamente escogidos para encajar en un guion de entretenimiento.
El riesgo que enfrentan es otro:
el de convertirse en decorado. Entre derechos exclusivos, acuerdos comerciales
y manuales de estilo, el margen para incomodar con preguntas incómodas —sobre
seguridad, corrupción o migración— se reduce. Son las voces visibles, pero no
necesariamente las más libres.
2. Los riesgos que no salen al aire
Más abajo están quienes hacen el
trabajo que casi nunca aparece en la transmisión: reporteros que salen del
perímetro FIFA, fotógrafos que buscan la foto fuera del estadio, equipos
pequeños de medios locales o independientes que tienen que moverse sin choferes,
sin seguridad privada y sin blindaje institucional.
Ahí el Mundial se mezcla con otra lista de riesgos:
- Violencia
común: robos, agresiones, balaceras en zonas donde la vida cotidiana
no se detiene porque haya partido.
- Hostilidad
de autoridades: policías y funcionarios que ven a la prensa como
estorbo o amenaza, no como aliada.
- Crimen
organizado: en México, la cobertura que se salga del guion deportivo
puede rozar temas sensibles (territorios, extorsiones, control de bares y
giros rojos) poco compatibles con la lógica de "fiesta".
- Control
institucional: en Estados Unidos, el riesgo no es tanto un ataque
directo, sino la suma de restricciones de acceso, revisiones de
antecedentes, controles migratorios y vigilancia en aeropuertos, hoteles y
espacios públicos.
El Mundial, así visto, no suspende las condiciones de
trabajo; Las Condensa.
3. México: cubrir el Mundial en el país más letal para la
prensa
Para el periodismo mexicano, el torneo llega con una
contradicción brutal: México es país sede y, al mismo tiempo, uno de los países
más letales del mundo para ejercer el oficio, por la convergencia de crimen
organizado y autoridades coludidas o indiferentes.
¿Qué implica eso en la práctica?
- Reporteros
locales en zonas calientes: Guadalajara, Monterrey y la zona
metropolitana de la Ciudad de México no son burbujas; arrastran
homicidios, desapariciones, control de plazas y economías ilegales. El
fotógrafo que quiera mostrar el "afuera del estadio" entra en un
terreno donde los equilibrios de poder son frágiles.
- Presión
política: gobernadores y alcaldes que venden la imagen de sedes
"listas y seguras" no verán con buenos ojos notas que enlacen
Mundial con fosas, bolsas con restos humanos o extorsión a comerciantes.
La tentación de deslegitimar, negar o presionar a medios críticos será
grande.
El riesgo no siempre será
la amenaza directa… sino la presión para no mirar donde incomoda.
- Autocensura
acumulada: redacciones que llevan años aprendiendo a esquivar ciertos
temas quizá prefieran no tocar la parte incómoda del torneo. La cobertura
se vuelve más fútbol y menos contexto; más espectáculo y menos país.
A esto se suma el Plan Kukulkán,
que desplaza a miles de elementos de seguridad a proteger estadios, hoteles y
corredores turísticos. ¿Es una buena noticia para la prensa? Depende. Puede
disuadir delitos comunes, pero también reforzar la sensación de vigilancia
sobre cámaras y micrófonos. Y, sobre todo, no cambia el hecho de que el
periodismo de investigación sigue operando en un país donde preguntar demasiado
en el lugar equivocado puede costar caro, con Mundial o sin él.
4. Estados Unidos: visas, ICE y acceso controlado
Del lado estadounidense, los riesgos son de otra naturaleza.
El primer filtro es burocrático.
No todos los medios podrán costear ni obtener las acreditaciones y las visas
necesarias. Grandes cadenas tendrán paquetes cerrados; equipos de medios
pequeños o independientes latinoamericanos enfrentarán más trabas de papeleo,
de presupuesto y de acceso. El Mundial es global, pero el acceso a cubrirlo no.
El segundo filtro es migratorio.
Para periodistas con ciudadanía o residencia, el tema puede parecer lejano.
Para colaboradores sin papeles, freelancers latinos, equipos mixtos o
comunicadores comunitarios, la presencia de ICE y el clima político importan:
- miedo
a moverse por aeropuertos y carreteras donde la policía migratoria opera
con regularidad;
- temor
a que un error en la ruta o un retén mal calculado derive en revisión de
documentos;
- presión
sobre medios pequeños para no mandar a cubrir ciertas sedes a quienes
están más expuestos.
El tercero es el control
institucional. En Estados Unidos, el perímetro FIFA convivirá con el
perímetro de seguridad federal: revisiones, listas de acceso, áreas
restringidas. La protesta, la vida de las comunidades migrantes, las
manifestaciones de organizaciones de derechos humanos pueden quedar fuera de
las cámaras oficiales. Quien quiera contar esa parte tendrá que moverse en
tierra de nadie: ni dentro del espacio protegido del estadio ni totalmente
fuera del radar de las agencias.
El control no solo limita…
también define qué existe mediáticamente.
No es casual que organizaciones
internacionales hayan pedido a la FIFA que garantice no solo la seguridad de
aficionados, sino también la de "trabajadores y periodistas" durante
el torneo, y que reclamen reglas claras frente al papel de ICE y otras
agencias. El riesgo no es solo físico: es que el control institucional
petrifique todo lo que se ve y se dice.
5. Qué le exige esto al periodismo
En este escenario, cubrir el Mundial no será solo narrar
goles. Exigirá al periodismo —y especialmente al periodismo latinoamericano—
varias cosas a la vez:
- Hacer
doble foco: aceptar que hay dos historias paralelas —la deportiva y la
política— y decidir conscientemente cuándo y cómo entrelazarlas. No se
trata de arruinar el partido, sino de no fingir que fuera del estadio no
pasa nada.
- Cuidar
a las personas del equipo: protocolos de seguridad para reportear en
México; reglas claras sobre quién viaja a qué sedes en Estados Unidos;
preparación sobre derechos y riesgos migratorios; contacto permanente con
redacciones y colegas.
- Tejer
redes: colaborar entre medios grandes y pequeños, locales e
internacionales, para que las historias incómodas no dependan de una sola
reportera aislada. Compartir información, coberturas y, cuando haga falta,
focos de atención pública.
- Defender
espacios editoriales: negociar con redacciones, productoras y
directivos para que haya lugar a piezas que hablen de seguridad,
migración, trabajo y desigualdad, no solo de alineaciones y memes. El
Mundial puede ser un imán de audiencia también para esas historias.
- Documentar
el dispositivo: no limitarse a trabajar "dentro" de la
seguridad, sino contarla: cómo se aplica, a quién protégé, a quién vigila,
qué efectos tiene sobre comerciantes, vecinos, migrantes, hinchas,
trabajadores y periodistas.
Al final, "reportear entre balones, balas e ICE"
no es un eslogan dramático, sino la descripción de una experiencia concreta: la
de cubrir un torneo que, más que nunca, habla de la forma en que dos países
entienden la seguridad y de la manera en que esa seguridad se despliega sobre
cuerpos, voces y cámaras.
Para el periodismo, el reto será no dejarse arrastrar del
todo por la lógica del espectáculo ni paralizarse por el miedo.
Estar ahí.
Contar el partido.
Y, sobre todo, no dejar fuera del encuadre aquello que el
espectáculo necesita ocultar.
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